Colaboradoras ECYD en Medellín: tres argentinas que entregaron un mes a Jesús

Para Agustina, Lucía y Micaela, tres jóvenes argentinas de 16 y 17 años, la decisión de dedicar sus vacaciones de verano como colaboradoras del ECYD tuvo algo de aventura y mucho de respuesta a un llamado interior. «Sentí un llamado mucho más grande a darle todo a Jesús, al menos por un mes», cuenta Agustina. Ese llamado fue tan claro que terminó llevándolas a subir a un avión con destino a Colombia.

Durante un mes exacto, del 26 de enero al 26 de febrero, las tres fueron recibidas por las Consagradas del Regnum Christi en Medellín, en el marco del programa de Colaboradoras ECYD: «El colaborador es un miembro del ECYD, de entre 15 y 16 años, que ofrece un tiempo de su vida para colaborar con Cristo y su Iglesia en el lugar donde se necesite. El período de colaboración busca ofrecer a los adolescentes la oportunidad de hacer una profunda experiencia de formación apostólica que les ayude a crecer en su amor a Cristo y a los demás con un especial espíritu de entrega y generosidad». (Estatutos del ECYD, n°31)

En orden de izquierda a derecha Victoria Silva Colaboradora del Regnum Christi, Lucia González, Agustina Esteban, Micaela Ravetta, Colaboradoras ECYD de Argentina y Dana Kennedy Consagrada del Regnum Christi.

Colombia como escenario de formación

Durante el verano, las colabs ECYD se adentraron en una agenda que combinó formación, apostolado y experiencias que difícilmente se olvidan. También experimentaron salidas como la visita a un cultivo de flores, donde Colombia muestra con orgullo una de sus industrias más emblemáticas. Caminar entre tallos, colores y fragancias fue también una lección de contemplación. Otro día recorrieron Carmen de Viboral, el municipio antioqueño famoso por su cerámica pintada a mano, donde el arte popular tiene siglos de historia y los artesanos trabajan con una paciencia que no se aprende en un curso. Mica, que llegó con ganas de «aprender del ECYD en otra parte del mundo», encontró en esos recorridos una Colombia que no se estudia en ningún libro.

El programa también incluyó una visita al ECYD de Pereira, una jornada que les permitió conocer cómo vive el movimiento en otra ciudad colombiana y conectar con jóvenes que comparten el mismo espíritu desde un contexto distinto. Esa perspectiva más amplia del territorio fue, en sí misma, una forma de formación.

Servicio con rostro concreto

Pero algunas de las experiencias más humanas del mes llegaron a través del servicio. En el comedor Emanuel, que atiende habitantes de calle, y en el colegio Mano Amiga Bello, las colaboradoras pusieron manos a la obra junto a comunidades reales, con rostros y nombres concretos. No como turistas del apostolado, sino como personas que llegaron a sumar. Para Lucía, que vino buscando «conocer a Jesús más a fondo», esos encuentros pusieron cara concreta a lo que había venido a buscar.

El mes también tuvo su cuota de celebración y comunidad. Las pijamadas con otras niñas del ECYD Medellín, fueron espacios donde la formación dejó paso a la fiesta sana, al juego, a las risas hasta tarde y a esas conversaciones que solo ocurren cuando baja la guardia. Porque crecer en la fe no siempre ocurre en el silencio de una capilla; a veces sucede también en medio del ruido y la alegría compartida.

Las Colaboradoras ECYD durante el retiro ECYD en Medellín

Encuentros que forman 

Las colaboradoras participaron además del retiro ECYD junto a niñas de la ciudad, compartiendo dinámicas, momentos de oración y esa química particular que surge cuando adolescentes de distintas latitudes descubren que tienen más en común de lo que imaginaban. Agustina, que desde el principio había dicho querer «aprender un montón y poder llevarlo a su colegio», encontró en esos intercambios exactamente lo que buscaba: herramientas reales, vínculos reales. También estuvieron presentes en el primer encuentro territorial de responsables ECYD, un espacio donde pudieron ver de cerca cómo se construye el ECYD desde adentro, con sus reuniones, sus decisiones y su red de personas comprometidas.

Cuando el 26 de febrero llegó el momento de volver a Argentina, las tres se llevaban algo que no cabe en ninguna maleta. Las flores del cultivo, la cerámica de Carmen de Viboral, los rostros de quienes encontraron en el comedor Emanuel, las risas de las pijamadas, los jóvenes del ECYD de Pereira y Medellín. Y, sobre todo, la experiencia de haber entregado un mes entero «a pleno», como diría Lucía.

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