«El formador debe hacerse invisible cuando el joven ya puede caminar solo hacia la santidad». Entrevista con Daniel Carrasquero, encargado territorial del ECYD
El ECYD es una propuesta de vida que invita a los adolescentes a forjar una amistad profunda y transformadora con Jesucristo viviendo el carisma del Regnum Christi para los adolescentes.Hablamos con el encargado territorial, Daniel Carrasquero, para conocer de primera mano su visión, los retos del camino y la esperanza que lo impulsa. Daniel es venezolano, miembro laico del Regnum Christi desde hace casi 30 años; está casado y tiene un hijo. Actualmente, hace parte también el equipo de pastoral del Colegio Cumbres de Medellín
¿Cuáles son los principales objetivos propuestos para el ECYD en el territorio?
Para mí, todo parte de la misión esencial del ECYD: colaborar con Cristo para que Él reine en los corazones de los adolescentes y en el mundo. Desde esta convicción, mi servicio territorial se orienta principalmente a formar jóvenes íntegros, ofreciendo una formación espiritual, humana y apostólica que les permita descubrir en Cristo el sentido pleno de su vida. Un objetivo clave es acompañarlos a consolidar una alianza personal con Cristo, ayudándolos a responder de manera libre y consciente a la invitación de Jesús de ser su amigo y apóstol.
Junto a esto, considero fundamental garantizar ambientes seguros, entendidos como espacios de respeto, sana convivencia y plena protección de la integridad de los menores. Finalmente, busco impulsar el liderazgo cristiano, formando adolescentes capaces de guiar a otros jóvenes y de transformar la sociedad desde dentro, con un auténtico corazón de apóstol.

Daniel, primero a mano izquierda acompañado durante el encuentro internacional de encargados territoriales del ECYD en de los encargados del ECYD en Monterrey del 22 al 28 de febrero
¿Qué luces y desafíos ves en el ECYD en el territorio?
Al mirar la realidad del ECYD en el territorio, reconozco con profunda gratitud muchos dones que Dios ha puesto en este apostolado. Uno de los más significativos es la riqueza de pertenecer a una red global viva y dinámica, presente en más de 25 países, que ofrece a los adolescentes un profundo sentido de pertenencia que va mucho más allá de su equipo local. Valoro también el camino formativo por etapas, pensado para responder a la psicología y a las necesidades reales del adolescente, así como el alto número de líderes juveniles, que es un signo claro de la fecundidad de nuestro carisma.
Al mismo tiempo, soy consciente de los desafíos que enfrentamos. El contexto cultural actual, marcado por modelos de éxito superficiales y una exposición constante a contenidos digitales, afecta directamente la construcción de la identidad y la autoestima de los adolescentes. A esto se suman situaciones personales cada vez más complejas, que nos exigen un acompañamiento más cercano, personalizado y atento. También percibo el riesgo de caer en un activismo que llene la agenda de actividades, pero que descuide la profundidad espiritual y el corazón de nuestra misión.
¿En qué consiste el rol como encargado territorial del ECYD?
Vivo el encargo territorial como un servicio integral que va mucho más allá de la coordinación. Mi responsabilidad es velar por la identidad y la misión del ECYD, asegurando que en todas las localidades se viva fielmente su carisma y las directrices de la Dirección General. Una parte esencial de este rol es la formación y el acompañamiento de los formadores, directores locales y responsables de equipo.
Además, implica dar seguimiento a la vida del ECYD en las secciones, cuidando la vivencia equilibrada de sus cinco elementos fundamentales: oración, equipo, formación, acompañamiento y apostolado. A esto se suma la responsabilidad de garantizar el cumplimiento de las normativas de ambientes seguros y de trabajar siempre en comunión con las demás secciones del Regnum Christi y con los centros educativos.

Daniel a mano izquierda en el primer encuentro de responsables del ECYD organizado en el territorio.
¿Cómo reforzar la identidad de «alianza de amistad» a través de encuentros, convicciones y decisiones?
Para reforzar esta identidad, considero clave volver al corazón mismo del nombre del ECYD y al dinamismo que encierra cada una de sus letras. No se trata solo de conceptos, sino de experiencias que deben hacerse vida. Todo comienza favoreciendo encuentros reales, especialmente con Cristo a través de la Eucaristía y el Evangelio, pero también con uno mismo y con los demás, en un ambiente auténtico de caridad y fraternidad.
De estos encuentros nacen convicciones profundas. No se trata de imponer valores, sino de acompañar al adolescente para que broten de manera natural desde su amistad con Cristo. Convicciones como “Jesucristo me ama y es mi mejor amigo” deben convertirse en el fundamento sobre el que construya su vida. Estas convicciones, a su vez, han de traducirse en decisiones concretas y coherentes, que reflejen en la vida diaria el estilo de Jesús.
El uso de símbolos y ritos, como el rito de la alianza y la cruz del ECYD, ayuda a dar visibilidad y profundidad a este compromiso personal, mientras que la vida de equipo fortalece la experiencia de comunidad y recuerda que la alianza con Cristo no se vive en solitario.
¿Qué retos ves en la formación de adolescentes y cómo acompañarlos mejor?
Para mí, conocer la realidad del adolescente de hoy es el primer paso para acompañarlo con eficacia. Los jóvenes buscan autenticidad y rechazan la hipocresía; anhelan espacios donde puedan ser ellos mismos sin máscaras. El miedo a no ser comprendidos, al aislamiento social y la influencia de una cultura hipersexualizada y relativista representan desafíos reales para la vivencia de la fe.
Frente a este panorama, creo que el formador está llamado a renovar su manera de estar presente. Acompañar bien no significa tener todas las respuestas, sino saber escuchar, servir con gratuidad y ofrecer un testimonio de vida coherente. Antes de proponer metas o compromisos, es indispensable conocer profundamente al joven y ofrecerle una aceptación incondicional que le dé seguridad y confianza.
En este proceso, el formador no debe convertirse en la meta del adolescente, sino en un puente que lo conecte con Cristo. Saber retirarse con humildad cuando el joven ya puede caminar solo hacia la santidad es también parte esencial del acompañamiento. Mirar al adolescente no solo por sus conductas externas, sino como un verdadero buscador de sentido, y adaptar la formación a sus ritmos y procesos personales, es clave para una formación verdaderamente fecunda.
¿Qué rasgos concretos se buscan en un adolescente del ECYD?
Principalmente es cultivar su corazón de cara amor a Dios y que ellos físicamente puedan influir a la sociedad con su liderazgo y con ese mismo amor para transmitir el ECYD en cada una de sus acciones.
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