Primer encuentro territorial de responsables del ECYD. «Vivir la formación fue abrir el corazón para ser instrumento»

Del 30 de enero al 1 de febrero del 2026, Rionegro, Antioquia, fue el escenario del primer encuentro territorial de responsables del ECYD. El evento reunió a 49 participantes provenientes de Medellín, Bello, Manizales y Quito (Ecuador), quienes estuvieron acompañados por un equipo logístico de 8 personas, incluyendo sacerdotes, hermanos, una consagrada, colaboradoras ECYD de Argentina y miembros seglares del Regnum Christi. La jornada tuvo como propósito profundizar en el don del ECYD y establecer una ruta como terriorio para avanzar en su camino formativo.

El punto de partida: saber desde dónde y hacia dónde

Este encuentro fue diseñado para ayudar a los responsables a interiorizar el don del ECYD desde adentro, desde su carisma, sus estatutos, sus manuales y, sobre todo, desde la alianza de amistad con Cristo que está en el origen de todo. Antes de hablar de técnicas o herramientas, el encuentro apostó por algo más profundo: que cada uno reconociera su llamado y entendiera el camino formativo que debe recorrer para acompañar a los adolescentes que tiene a cargo.

Once temáticas recorrieron los tres días: desde la misión y visión del ECYD hasta la proyección en las localidades, pasando por talleres sobre el rol del formador, liderazgo, ambientes seguros y el apostolado como forma de encender el celo misionero. No era solo un programa de charlas: era, en palabras de quienes lo vivieron, una ruta. Katie Adler, responsable del ECYD en Quito, Ecuador, lo expresó: «este encuentro me dio las herramientas que yo necesito para enseñar a los niños». Esa capacidad de traducir lo aprendido en algo concreto fue uno de los frutos más valorados por los asistentes.

El grupo de responsables de ECYD que viajo desde Ecuador al encuentro, Katie Adler y Alegría Puente tercera y cuarta, respectivamente, de izquierda a derecha

Tres días que no se parecen a una reunión ordinaria

La jornada combinó momentos de reflexión espiritual con dinámicas grupales, y lo institucional convivió sin tensión con lo humano. Porque el corazón del encuentro no estaba solo en los contenidos, sino en la convivencia que los contenidos hacían posible.

Martín Silva Herrera, responsable del ECYD de Medellín, lo resumió con precisión: «Fue un espacio con una inmensa cantidad de oportunidades de conocer gente nueva, diferentes perspectivas, una variedad de nacionalidades, de personalidades y detalles que hacen tan especiales a los sacerdotes, hermanos, consagradas, amigos y jóvenes». Esa mezcla de nacionalidades, múltiples vocaciones y un solo propósito, fue quizás el hallazgo más inesperado de los tres días. Katie de Ecuador, lo vivió de forma similar: «me gustó tener la experiencia de conocer a responsables de diferentes países y reunirnos todos para rezar y aprender». Alegría Puente, responsable del ECYD de Quito, añadió con convicción: «Nos pudimos unir con jóvenes de otros países que están pasando por lo mismo que nosotros sentimos al ser responsables del ECYD».

Durante tres días compartieron formación, fe y una misma convicción: que llevar a Cristo al corazón de los adolescentes no es una tarea solitaria, sino una misión de familia.

Cuando la misión se vuelve familia

Uno de los frutos entre los asistentes fue el de la unidad. No una unidad ideológica ni organizacional, sino algo más concreto: descubrir que las personas sentadas al otro lado de la mesa, con otro acento, otra historia, otro contexto, llevaban la misma intención en el corazón.

Así lo expresó María Antonia González, responsable del ECYD de Manizales: «Me di cuenta que todos compartíamos la misma misión y que eso nos convertía en una familia, que no importa el lugar en donde esté el ECYD, siempre se vive y se comparte el mismo carisma y el mismo amor».

Alegría, de Ecuador, resumió ese mismo sentir desde su experiencia: «Las charlas fueron de mucha comunicación, de mucha información, que siento que nos formaron como responsables para así poder formar bien a nuestras niñas, justo siguiendo el camino que Dios nos está dando». La formación no era un fin en sí mismo, sino un medio para servir mejor.

Durante las actividades del encuentro, los responsables trabajaron en equipo, compartieron perspectivas y pusieron en práctica lo aprendido.

Lo que queda cuando termina el encuentro

Al finalizar la jornada, los responsables partieron con algo que no figuraba en el programa oficial: la certeza de no estar solos. Martín, de Medellín, expresó: «Me llevo el deseo de servir, compartir, y todas las risas que compartimos durante estos tres días». Por su parte, María Antonia regresó a Manizales con una convicción renovada: lo vivido no concluye con el encuentro, sino que apenas empieza. «Participar en la formación significó abrir el corazón para ser instrumento y permitir que Jesús reine en el corazón de los adolescentes de Manizales».

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