«Me di cuenta de que lo que nosotros debemos hacer con el apostolado es llevar almas al cielo». La historia de José y el apostolado Sueños de la Calle

El apostolado «Sueños de la Calle» nació en la localidad de Bogotá en 2020 de una inconformidad que varios jóvenes del Regnum Christi no podían ignorar: salían a visitar los lugares de consumo y vulnerabilidad, repartían comida, hablaban con los habitantes de calle y luego regresaban a sus casas. Los habitantes de la calle seguían en el mismo lugar, la misma adicción, el mismo consumo. Algo no cerraba. El apostolado nació para ir más allá de lo asistencial: acompañar a quien decide entrar en un proceso libre y consciente de rehabilitación, reconstruyendo vínculos familiares y espirituales.

Ver a Jesús en ellos y caminar con ellos hasta donde quieran llegar. Detrás de esa visión hay muchas historias. Pero una en particular les mostró que era posible: la historia de José, un habitante de calle que Manuela Salazar, directora del apostolado, conoció seis años antes de que «Sueños de la Calle» existiera. Ella nos cuenta cómo fue su historia de amistad en Cristo.

Un día a la vez

Manuela y José se conocieron en 2014, él tenía un libro en la mano, ateo, siempre haciendo chistes, amante de la lectura. Sin proponérselo, se hicieron amigos. En 2016 él tomó la decisión de rehabilitarse y Manuela lo acompañó: «Él tenía mi celular. De vez en cuando me llamaba. Hizo un curso de mesero y nos invitó al grado. Esos diez años fueron de acompañarlo a que fuera un día a la vez». Durante la pandemia, algunos de sus nuevos amigos cubrieron el arriendo, la comida y el gas. Después, un padrino le regaló un torno de madera. José aprendió carpintería, se ganó la vida con sus propias manos y nunca regresó a sus antiguas adicciones. Cuando «Sueños de la Calle» arrancó en 2020, él acompañaba a los voluntarios en las primeras salidas y hablaba con otros habitantes de calle, no con un discurso preparado, sino desde su propio testimonio.

A comienzos de 2025 le encontraron cáncer avanzado. Por su historia y condición económica tuvo que rotar entre cuatro clínicas, pero José siguió siendo José: se escapaba de su habitación todos los días para ir a misa. Cuando llegó otro habitante de calle a la camilla de al lado, lo acogió, lo ayudó a llamar a su familia y lo invitó a misa. Tres meses después del diagnóstico, José murio.

«Un día que fui a visitarlo a la clínica, me regaló un libro con meditaciones del Evangelio. Así era José: a cada persona que tuvo la oportunidad de conocerlo, le regalaba un libro. A mí me tocó el de los Evangelios. Y justo ese día, el evangelio hablaba de prepararse para llegar al cielo. Cuando él descansó, entendí que no fue casualidad. Porque a pesar del dolor de su partida, yo estoy segura de que su alma llegó al cielo. Él la preparó para ese momento». Manuela Salazar, directora de Sueños de la calle

«Nos harás mucha falta José, pero tu legado quedará por siempre porque sacar almas de la olla y llevarlas al cielo vale la vida» Manuela Salazar

Dónde viven los sueños de la calle

Manuela confiesa que por años cargó una pregunta sin respuesta: ¿qué pasaría cuando José envejeciera y ya no pudiera trabajar? La entendió al final: «Me di cuenta de que lo que nosotros debemos hacer con el apostolado es llevar almas al cielo. Prepararlas para ese momento. Y hoy vivo con la plena certeza de que José está en el cielo, libre de dolor, intercediendo por los que aún habitan las calles».

El apostolado sigue. Cada quince días, los jueves, salen entre 30 y 40 voluntarios. En 2025 fueron 480 en total y atendieron a 300 personas. Pero quizás lo que mejor describe al apostolado es el grupo de WhatsApp que crearon para hacerles seguimiento a los procesos —y lo que empezó a llegar ahí: el mensaje de buenos días de Johnny que aparece sin falta, el primer día del abuelo de Carlitos en el jardín de su nieta, Dimas y Carlitos yendo de brunch, Johnny adoptando un perrito al que llamó Sueñitos. Pequeñas cosas. Ahí es donde viven los sueños de la calle.

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