Carta del Colegio Directivo General con motivo de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

A los miembros laicos, consagradas, laicos consagrados y legionarios de Cristo

La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús nos coloca de nuevo ante el centro de nuestra vida y de nuestra misión: el Corazón de Cristo.

Los Estatutos, al hablar de nuestra espiritualidad, nos dicen: “Cristo, al revelar el amor que arde en su Corazón, nos invita a amarlo a Él y lo que Él ama: el Padre que lo envía a redimirnos; la Santísima Virgen María, madre suya y nuestra; la Iglesia, su Cuerpo Místico, y el papa; los hombres, sus hermanos, por quienes da la vida; la familia espiritual Regnum Christi como un camino para hacer presente su reino en nuestros corazones y en la sociedad”.

Queremos compartir con ustedes una reflexión que nace de contemplar ese corazón de Cristo que arde de amor y de escuchar, en este tiempo, la voz del Papa León XIV. Su mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz nos ofrece una luz que ilumina nuestra misión.

El Papa describe la paz de Cristo como “una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante”, y señala con claridad que esa paz “proviene de Dios, Dios que nos ama a todos incondicionalmente”. Resuena también con especial fuerza otra afirmación de su mensaje: “Antes de ser una meta, la paz es una presencia y un camino”.

Esto nos interpela directamente en la forma de vivir nuestra misión. Estamos llamados, primero, a acoger la paz de Cristo, a custodiarla y a vivirla en nuestras familias, comunidades consagradas, lugares de trabajo y estudio, localidades, secciones, apostolados y obras educativas. La paz que estamos llamados a irradiar es la que hemos recibido del Señor resucitado, que dijo a sus discípulos: “La paz esté con ustedes” (Jn 20,19).

El Santo Padre cierra su mensaje con palabras de san Agustín que recibimos como un encargo: “Tened la paz, hermanos. Si queréis atraer a los demás hacia ella, sed los primeros en poseerla y retenerla. Arda en vosotros lo que poseéis para encender a los demás”.

Por eso, ser constructores de paz es un modo concreto de colaborar para que Cristo venga y reine aquí y ahora. Esto cobra especial importancia hoy, cuando la agitación y la polarización parecen ganar terreno en tantos ambientes. El testigo de paz dialoga y tiende puentes; para ello necesita, antes que nada, haber encontrado un espacio interior donde Cristo pueda habitar.

Como parte de nuestra misión, estamos llamados a revelar el amor de su Corazón y a formar apóstoles que, habiéndose encontrado con Cristo, sean hombres y mujeres de diálogo, de escucha y de encuentro; personas capaces de tender puentes, custodiar la comunión y salir al encuentro de quienes necesitan experimentar el amor de Dios.

En su mensaje, el Papa propone tres compromisos concretos que invitamos a hacer propios: el desarme del corazón, el desarme de la mente y el desarme de la vida. A la luz de esta llamada, podemos preguntarnos: ¿qué necesita desarmar Cristo en mi corazón, en mi mente y en mi modo de vivir? ¿En qué me pide hoy dar el primer paso hacia la paz?

Pidamos juntos la gracia de conocer más profundamente el Corazón de Cristo, dejarnos tocar, transformar y convertir por Él, y vivir con “los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (cf. Flp 2,5). Que, como apóstoles en el mundo según su Corazón, seamos mensajeros de paz y vivamos en salida, anunciando su amor con valentía.

El Colegio Directivo General

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