Llamados, reunidos, enviados: la experiencia de jóvenes colombianos y venezolanos en el IFC 2026

Este verano, siete jóvenes del Regnum Christi de Colombia y Venezuela vivieron en Roma una experiencia de formación, oración y peregrinación que renovó su identidad como apóstoles. Su participación en el Curso Internacional de Formadores (IFC) 2026, bajo el lema «Llamados, reunidos, enviados», se convirtió en un camino de encuentro con Dios, con la Iglesia y con formadores de distintos países.

¿Qué es el IFC?

El curso busca, según sus propios objetivos, formar e inspirar a los formadores de Regnum Christi para que renueven su identidad y misión como apóstoles del Reino. Está planteado en seis capítulos, cada uno con una pregunta central: quién es Dios y cómo actúa en la historia, quién soy yo, cómo leo la cultura de hoy, cómo responde la Iglesia y cuál es la vocación laical, y cómo se vive todo esto desde el carisma de Regnum Christi.

Clarissa y Paola de Caracas, Venezuela sosteniendo la bandera de su país

El recorrido incluyó una semana de peregrinación en Francia por lugares ligados a la devoción al Sagrado Corazón y a la vida de varios santos como: San Juan María Vianney, Santa Margarita María de Alacoque, San Claudio La Colombière, Santa Bernadette, Santa Teresa del Niño Jesús, San Vicente de Paúl y Santa Catalina Labouré.

«Regreso con un corazón renovado»

Más allá de los lugares recorridos y de los contenidos aprendidos, el IFC dejó una huella personal en cada participante. Algunos de ellos nos cuentan cómo esta experiencia renovó su fe, fortaleció su vocación apostólica y les dio un nuevo impulso para vivir la misión en su realidad cotidiana.

Para Juanita Borrego, de Bogotá, el curso confirmó una intuición que ya llevaba en el corazón: «vivir el misterio de Cristo apóstol no se trata de ser activistas incansables, sino de dejar que Dios forme nuestro corazón a través del encuentro con Él». Desde ahí, explica, surge el deseo de hacer presente el Reino en la vida cotidiana: «los apóstoles no son los que más hacen, sino los que, tras un encuentro personal con Él, lo invitan a reinar en su familia, en su trabajo y en la sociedad».

Algunas personas de la delgación colombiana

Manuela Troncoso, de Medellín, define el IFC como un regalo de Dios. «Fue un espacio donde entendí con más profundidad que estamos llamados a ser apóstoles de Jesús, a anunciarlo con nuestra vida y a llevar su mensaje a quienes nos rodean», cuenta. A partir de esta experiencia, la expresión «¡Venga tu Reino!» adquirió para ella un sentido más profundo: «es una identidad que llevamos con orgullo y una misión que abrazamos con el corazón».

Para María Antonia González, el IFC fue una experiencia «profundamente transformadora, marcada por un encuentro personal con Jesús». Uno de los aspectos que más la marcó fue compartir este camino con otros: «me sentí llamada y reunida con mujeres de diferentes partes del mundo; junto a ellas fui formada para, finalmente, ser enviada».

Desde Caracas, Clarissa González resume su paso por el IFC en tres palabras: familia, acompañamiento y ejemplo. La fraternidad que encontró fue inmediata: «En tan solo unos días ya tienes mil hermanas y hermanos en Cristo, personas que caminan contigo y que comparten esa misma meta de llegar al cielo», cuenta. También destaca el modo en que descubrió la cercanía de Jesús a lo largo del camino: «entiendes cómo Jesús está en cada paso que das y literalmente lo sientes al lado tuyo, acompañándote en cada parte del camino».

Paola Briceño, de 20 años y también de Caracas, llegó al IFC invitada por su directora de sección. La formación recibida le ofreció nuevas claves para su misión como responsable de equipo: «El IFC me dio las herramientas necesarias para poder afrontar las necesidades de distintas realidades. Nos mostró nuestro mundo actual y cómo abordarlo siendo jóvenes que buscan hacer presente el Reino de Cristo en la tierra». La oración fue otro aprendizaje central, y la acogida de la comunidad completó su vivencia: «no importa de dónde vengas ni a quién conoces, siempre encontrarás un abrazo de un desconocido que, al intercambiar un par de palabras, ya se vuelve de tus más queridos». Al volver a Caracas, sintetiza así el fruto de lo vivido: «el IFC transformó mi vida. Regreso con un corazón renovado».

Lo que se llevan de vuelta

Los testimonios convergen en una misma certeza: lo vivido no terminó al dejar Roma. Cada joven volvió a su ciudad dispuesta a compartir lo recibido, acompañar a otros y prolongar esta experiencia en su realidad cotidiana. En palabras de Juanita Borrego, regresan con la convicción de que «no estamos solos».

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