Cristianos en tiempos de inteligencia artificial: el desafio de ser más humanos

¿Qué significa ser humano en un mundo donde la inteligencia artificial ya escribe, aprende y toma decisiones? Esta pregunta reunió a los participantes del seminario «Cristianos en tiempos de inteligencia artificial», un espacio para discernir, desde la fe, los desafíos de la era digital. 

Realizado del 17 al 20 de septiembre en Chía, Cundinamarca, el encuentro fue guiado por el P. Alberto Carrara, LC, profesor de Neuroética y miembro de la Pontificia Academia para la Vida. A través de la filosofía, la neuroética y el Evangelio, invitó a 123 asistentes presenciales y 40 participantes virtuales a mirar más allá de la tecnología y preguntarse qué tipo de personas queremos ser mientras la desarrollamos y utilizamos. 

El P. Alberto Carrara LC junto al matrimonio de Alberto Sierra y Nika, organizadores del seminario

Pensar antes que temer

Desde el primer momento, el P. Carrara advirtió que «la pregunta fundamental de la inteligencia artificial no es tecnológica. Es antropológica. Y, en último término, es espiritual». En esa línea, abrió el seminario con una noticia reciente: en la Cámara de Diputados de Italia, el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado de la Santa Sede, había pedido detenerse a reflexionar sobre las consecuencias de la IA. El conferencista aclaró que ese llamado no pretende frenar la tecnología, sino invitar a las personas a pensar qué idea están poniendo dentro de sus herramientas, quién decide cómo se usan y a quién benefician. 

Con ese punto de partida, dejó claro que nadie había llegado al seminario a aprender «los veinte mejores prompts» ni a definir si la IA es buena o mala. La intención era dejar de lado el miedo apocalíptico y el entusiasmo ingenuo, y aprovechar la inteligencia artificial como ocasión para volver a preguntarse qué significa ser humano. 

Por eso la primera noche terminó con una hora de oración ante Jesús eucaristía. Había que empezar, explicó el P. Carrara, «delante de una Presencia» y no delante de una pantalla. En una cultura acostumbrada a obtener respuestas en segundos, la palabra de Jesús que guio la oración fue una invitación a quedarse sin prisa: «Permanezcan en mí». 

«No ser una espectadora»

Aida Jaramillo, estratega de comunicaciones y miembro del Regnum Christi de Bogotá, llegó al seminario convencida de que se hablaría sobre todo de lo que la IA puede hacer y de hasta dónde puede llegar. «Y sí, hablamos de todo eso. Pero entendí que detrás de todas esas preguntas hay otra mucho más importante: ¿qué tipo de personas queremos ser nosotros mientras desarrollamos y utilizamos estas tecnologías?», cuenta.

Aida, junto al P. Carrara sosteniendo la bendición papal enviada a todos los miembros del Regnum Christi en Colombia 

De los cinco compromisos que el P. Carrara propuso al cierre del seminario, uno la tocó de manera particular por su trabajo en comunicación: custodiar la verdad. También se quedó con un concepto que no conocía, la algorética, que ella resume como la tarea de «preguntarnos no solo qué puede hacer la tecnología, sino bajo qué principios se diseña, qué decisiones toma, a quién beneficia y cómo garantizamos que respete la dignidad y la libertad de las personas». 

«La respuesta no es tenerle miedo ni darle la espalda. Pero tampoco podemos entregarle todo. No podemos delegarle nuestra conciencia. Como católica, me llevo un reto muy concreto: no ser una espectadora de esta transformación. Humanizar la tecnología también depende de nosotros».

Máquina y persona

Una de las distinciones que atravesó todo el seminario fue la diferencia entre lo que una IA hace y lo que es. El P. Carrara explicó que, en el lenguaje cotidiano, atribuimos a las máquinas acciones como pensar, comprender o decidir. Estas metáforas resultan útiles, pero pueden llevar a equívocos cuando se interpretan literalmente. Por sofisticada que sea, una IA sigue perteneciendo al mundo de los artefactos: un avión vuela mejor que un ave y no por eso está vivo; del mismo modo, un algoritmo puede escribir un poema de amor sin haber amado nunca.

Entre los asistentes había 85 mujeres adultas y 22 hombres provenientes de Medellín, Bogotá, Pereira, Armenia, Barranquilla y Chía, 10 sacerdotes y 6 consagradas, y otras 40 personas siguieron el seminario en vivo de forma virtual. 

«La inteligencia siempre pertenece a alguien», afirmó. En el caso de la IA, ese alguien son las muchas personas que la diseñaron, la entrenaron y la corrigen, y por eso habló de una inteligencia derivada. De ahí sacó una paradoja: cuanto más asombrosas son las máquinas, más asombrosa resulta la persona capaz de crearlas. Lo propio del ser humano aparece en la conciencia, la libertad y la capacidad de comprometerse, y lo resumió así: «un algoritmo selecciona; una persona se compromete». Esa reflexión desembocó en la tesis central del seminario: la forma más alta de la inteligencia humana es amar. 

Evangelizar en el mundo digital 

El seminario dedicó un espacio a la misión en las redes, a las que el P. Carrara llamó el nuevo Areópago, en referencia a san Pablo en Atenas. La IA puede ser una gran aliada para explicar la Biblia, resumir encíclicas o preparar catequesis, pero tiene un límite claro: puede hablar de la fe sin creer y describir la oración sin rezar. «Solamente un discípulo puede mostrar con su propia vida que Cristo sigue vivo», afirmó. Para explicarlo contrapuso dos figuras. El influencer tiende a medir su éxito en seguidores y visualizaciones, mientras el apóstol busca que la mirada termine en Cristo. 

El envío 

La reflexión final pasó de comprender a construir. El P. Carrara propuso cinco compromisos para el discípulo en la era digital: custodiar la verdad, la libertad, la dignidad, la fraternidad y la esperanza. Los acompañó con seis principios que ordenan lo que está en juego, entre ellos que la persona precede al algoritmo y que la comunión precede a la conexión. Todo lo unió a una convicción «transformar las personas para transformar el mundo», y recordó que ningún código ético funciona si no hay conciencias formadas que lo vivan.

Los participantes descubrieron que detrás de la tecnología hay una pregunta más importante: qué tipo de personas queremos ser mientras la usamos.

Los participantes descubrieron que detrás de la tecnología hay una pregunta más importante: qué tipo de personas queremos ser mientras la usamos. 

En la homilía de clausura, el P. Carrara leyó la respuesta que le dio ChatGPT cuando le preguntó por la frase de san Pablo «Para mí la vida es Cristo». La propia herramienta reconoció su límite: «Eso yo puedo explicarlo. Pero solo una persona puede vivirlo». Después recordó a los participantes que volverían a casa a abrir las mismas aplicaciones de siempre, y los invitó a hacerlo con una pregunta nueva: cómo hacer presente a Cristo allí. 

Una de las ideas que acompañó todo el seminario es que las tecnologías van a seguir cambiando, mientras las preguntas sobre la identidad, la libertad, el amor y Dios seguirán ahí. 

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